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Las iras de marzo

TRIBUNA

De Stravinsky a Vivaldi aquellas dos primaveras marcaron la carrera de aquel joven médico. Con nombre de primer cónsul de Roma y apellido de la vieja Castilla, nunca pudo imaginar en qué forma le iba a afectar una de aquellas veces que recetó aquel medicamento. Misterioso, tan bueno como los de antes, pero más barato.

Fue en la primavera de 1998. Y mi amigo, el médico, no pudo dar crédito a sus ojos. Menos aún a sus oídos, cuando el agente de la Benemérita desplegó los labios, sin ninguna gana de hacerlo. «Mire usted, no se asuste. Sé que no esto no tiene mucho sentido, pero tengo que hacer mi trabajo. Don Benancio Macías de la Testa, octogenario y querido vecino de esta pedanía, le ha denunciado». El joven médico, que era de natural nervioso, se hizo tres lazos con el fonendo. Para cuando pudo articular palabra, el cabo ya le había explicado lo extraño del caso. «Mire usted, que dice Don Benancio que se lo ha cambiado. Que la medicina ni se llama igual, ni la caja se parece. Y que no le asentará las tripas cuando le crujan». Y el joven doctor se sintió como su nombre de pila en el Senado, allá por los idus de marzo.

El joven médico, que había sido con mucho el mejor de nuestra promoción escolar, estuvo a punto de perder la vocación. Melómano, enamorado de Kandinsky, conocedor de todas las dinastías de Egipto, y tan nervioso que se compró un dálmata, estuvo a pique de colgar la bata y decir adiós a la profesión de Imhotep. Me lo encontré a poco de pasar por el juzgado y le hallé tan poco reposado que no supe si las manchas eran suyas o del perro. «Sobreseído», me pareció entender.

Siguió la vida, camino de 1999, apaciblemente, salvo para mi buen amigo el médico. El Real Madrid consiguió su séptima Copa de Europa, mientras que el Fútbol Club Barcelona se llevaba la liga. Estados Unidos ponía en órbita la sonda lunar Prospector, al tiempo que se encontraba en Canadá la primera deposición petrificada de un tiranosaurio. Llegó el color a la Nintendo y la PlayStation 2 todavía titubeaba, pero el joven médico seguía sin estar para juegos. Cada vez que se cruzaba por la pedanía con don Benancio, este acariciaba su cayado y al galeno se le abrían más vías que al Titanic que seguía anegando las taquillas. Mientras Moyá, Corretja y Sánchez Vicario se lo llevaban todo en Roland Garrós, el buen joven no quería ni pensar en el juego de muñeca del entrañable anciano.

“El gasto en medicinas fue de un billón de pesetas en 1998, nada menos que el 23% del gasto sanitario total y un 1,2% del PIB”

Joven, pero brillante, los meses alejaron los miedos. Amigo de la Biblioteca de Alejandría, fue despejando el misterio. Leyendo, leyendo conoció que el gasto en medicinas fue de un billón de pesetas en 1998, nada menos que el 23% del gasto sanitario total y un 1,2% del producto interior bruto. Solo le apenó saber que, si cada uno hubiera hecho como él, la sanidad de todos se habría ahorrado 13.227 millones de pesetas, de las de entonces.

Volví a ver mucho más tarde al joven médico. Mucho más maduro y más sereno. El dálmata se había convertido en un pachón del Bierzo. La última primavera de don Benancio sonó más a Vivaldi que a Stravinsky. Ya centenario, el anciano decía. «Qué majo este médico. Que me aquietaba los intestinos». Y aunque nunca se me ocurrió preguntárselo al joven médico, siempre me imaginé la mesilla del augusto anciano ocupada por esos medicamentos misteriosos, tan buenos como los de antes, pero más baratos.

Epílogo: 13.227 millones de pesetas equivalen a 79,5 millones de euros. Ranitidina sobrevivió a sus marcas comerciales. El joven médico con nombre de primer cónsul de Roma sacó dos veces el MIR.

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